Tienes en la mano un monedero hardware corriente y dentro hay un chip. Un chip es un miniordenador. No es un fichero que guarda tu clave privada ni tu frase semilla. No es un almacenamiento protegido con contraseña.
Es un miniordenador. Hace algo ahí dentro, pero nadie sabe realmente el qué. El código fuente del chip no se publica.
Así que el cuadro queda así. Tú mismo investigas a la empresa que fabricó el monedero, quizá incluso revisas el código de la interfaz, apuntas y guardas tus semillas tú mismo, y entonces dices: «El ingenuo aquí soy yo, así que que mi clave privada la procese un microordenador cerrado donde no tengo ni idea de lo que pasa».
Eso es absurdo en su esencia misma.
Es como jugar un partido de fútbol durante 89 minutos controlándolo todo, vigilándolo todo, en alerta permanente y cubriéndote por todos lados, y en el último minuto salir del campo sin más, porque «lo dice el protocolo y lo hace todo el mundo». Y el entrenador rival te tranquiliza diciendo que de todas formas el balón no va a salir del campo.
Entregas tu clave privada al ordenador de otro, y no tienes ni idea de cómo funciona, de cómo funcionaba, de cómo funcionará, de qué hace exactamente ni de cómo ocurre nada de eso ahí dentro.
Es el clásico truco de barrer el problema debajo de la alfombra. La gente quiere contratar a alguien de la limpieza, pero tiene miedo: ¿y si me vacía la casa?
Así que surge una idea: contratemos a la persona de la limpieza a través de una «empresa de limpieza», porque una empresa responde más. Que en esa empresa trabaje exactamente la misma persona del anuncio de ayer es algo que la cabeza prefiere no admitir. Ni tampoco que la responsabilidad de una sociedad limitada puede arrancar con un capital social simbólico.
Aquí pasa exactamente lo mismo.

